Epicuro: medicina del alma para los tiempos actuales

(…) el placer es el principio y el fin de la vida feliz. Sabemos que él es el bien primero y connatural, y de él toma comienzo todo acto nuestro de elección y de repulsa, y a él retornamos juzgando todo bien, tomando como norma la sensación

Epicuro, Carta a Meneceo

Nos encontramos en unas fechas especialmente proclives al exceso y a la pérdida de racionalidad en nombre del consumismo. Decía una vez el ex presidente de la República de Uruguay, “Pepe” Mújica, que cuando alguien compra algo, no compra un objeto, sino que más bien vende su libertad, es decir, su tiempo, el tiempo que le ha llevado trabajar para ganar el dinero necesario para poder comprar ese objeto. Creemos estar realizándonos como personas, ejercitando el más elevado acto de libertad de elección, cuando podemos adquirir un objeto entre una amplia panoplia de ofertas en el mercado, y en realidad lo único que hacemos de esa manera es malgastar nuestra vida, asumiendo -por decirlo en términos económicos- el “coste de oportunidad” que esa decisión conlleva, que las más de las veces incluye enormes renuncias -la renuncia a disfrutar de nuestro tiempo con las personas queridas o la renuncia a disfrutar de las pequeñas alegrías que no se compran con dinero.

Escribía Erich Fromm: “El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que se supone socialmente que ha de desear”. Vivimos en un tipo de sociedad en la que la felicidad se cifra en acumular de forma incesante todo tipo de objetos o mercancías. Una sociedad en la que el tener sustituye al ser. Pero, ¿realmente tener muchas cosas es lo que nos hace ser más felices? ¿Qué tal si hacemos como si pudiéramos detenernos por un momento y situarnos al margen de la vorágine de despilfarro y opulencia en la que nos hallamos inmersos?

Epicuro puede acudir en nuestra ayuda para alumbrarnos con un poco de luz. En la filosofía epicúrea encontramos un pequeño compendio de sabiduría clásica, perfectamente vigente. Una “medicina del alma” que exalta la austeridad, la autosuficiencia, la amistad, el disfrute inteligente de los placeres, la celebración de la vida…

Lo original de la propuesta de Epicuro frente a las filosofías de Platón y Aristóteles -dominantes en su época- es que pone el cuerpo individual, y no el “cuerpo social”, en el punto de partida y en el centro de la reflexión y de la vida. Platón y Aristóteles habían dedicado buena parte de sus obras a analizar la organización de la sociedad y a proponer formas para mejorarla. Pero el de Samos entiende que, antes que plantearse cómo transformar la sociedad, es preciso que las personas nos miremos a nosotras mismas y reflexionemos sobre nuestras relaciones con los demás y sobre cómo podríamos ser felices. Por eso puede decirse que la filosofía epicúrea es una filosofía “liberadora”, porque pone en entredicho las imposiciones de la tradición y los prejuicios heredados de la cultura y se plantea el principio y el fundamento de todo lo que consideramos bueno y malo tomando como canon lo que es por naturaleza.

Para Epicuro, todo conocimiento tiene su origen en la sensación. Y asimismo, todo juicio moral hace referencia, en último término, al placer. Como la sensación es el criterio de conocimiento y el placer, el criterio de la felicidad, simplemente hace falta reflexionar para llegar a discernir si aquello que consideramos verdadero se corresponde o no con alguna sensación y si lo que llamamos bueno es, en origen, algo que realmente nos proporciona placer.

El placer consiste en la eliminación del dolor. Más allá de ese umbral, no hay necesidad de placer y el individuo se sitúa en un estado de ausencia de turbación, que los clásicos griegos llamaban “ataraxia”. Buscamos el placer cuando sufrimos por su ausencia, pero cuando no sufrimos ya no necesitamos buscarlo. Así pues, el placer es principio y culminación de la vida feliz.

La defensa del cuerpo y de sus necesidades como fundamento de la vida, lleva a Epicuro a establecer el placer y el dolor como los dos hilos conductores que sirven para orientar nuestras elecciones. La historia tergiversó completamente su mensaje hasta hacerle decir lo contrario de lo que dijo y hacerle pasar por adalid de un hedonismo simple y vulgar, pero Epicuro entiende la búsqueda del placer como una búsqueda racional, reflexiva, serena, no como una entrega inmoderada a todo tipo de placeres:

Siento el gozo de mi cuerpo al alimentarme de pan y agua, y escupo sobre los placeres de la suntuosidad, no por ellos mismos, sino por las trampas que nos tienden” (Fragmentos y testimonios escogidos, 35)

No animaba el filósofo griego a elegir cualquier placer, sino solamente aquellos que sirven para asegurar el dominio de uno mismo, es decir, aquellos que no disponen al individuo a verse en una situación de sometimiento, sino que contribuyen a afianzar la autosuficiencia (considerada como un gran bien). La opulencia, los lujos innecesarios, la fama, la ambición de poder, predisponen a las personas a la miseria y al dolor, porque acaban por convertirlas en siervas de sus propios deseos ilimitados y generan permanente intranquilidad. Por tanto, la felicidad no consiste en la satisfacción de todo tipo de deseos, sino de aquellos conformes con la naturaleza. Lo cual queda bien delimitado en la teoría del deseo de Epicuro:

“(…) de los deseos unos son naturales, otros vanos; y de los naturales unos son necesarios, otros sólo naturales; y de los necesarios unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la vida misma” (Carta a Meneceo)

Naturales y necesarios son los placeres que eliminan el dolor, como la comida para el hambre. Naturales pero no necesarios, aquellos que simplemente colorean el placer, pero no eliminan el dolor, como los alimentos refinados. Ni naturales ni necesarios, aquellos que proceden de la vana opinión, como el afán de riqueza o el deseo de fama y prestigio. Los primeros son siempre convenientes. Los del segundo tipo, a veces, siempre y cuando no resulten perjudiciales. Los del tercer tipo, nunca, porque no eliminan ningún dolor y conllevan turbación del alma.

Epicuro advierte, además, que muchas veces hemos de soportar dolores porque de ellos se sigue luego mayor placer, así como debemos desechar algunos placeres, puesto que de ellos se sigue posteriormente mayor dolor.

Como es el juicio prudente el que permite distinguir lo necesario de lo superfluo, y lo placentero de lo que no lo es, el conocimiento es la máxima aspiración humana y aparece como signo inequívoco de virtud y, por ende, de felicidad.

“(…) Por ello la prudencia es incluso más apreciable que la filosofía; de ella nacen todas las demás virtudes, porque enseña que no es posible vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir feliz.” (Carta a Meneceo)

En el proceso de la reflexión acerca de lo conveniente, Epicuro descubre que, en el fondo, toda felicidad reside en algo tan elemental como poder dar justa satisfacción a las necesidades básicas:

Éste es el grito de la carne: no tener hambre, no tener sed, no tener frío; quien tenga y espere tener esto también podría rivalizar con Zeus en felicidad.” (Exhortaciones, 33)

Se trata de un programa de vida feliz verdaderamente frugal, prácticamente ascético que, por su sencillez, además es accesible a todo el mundo y, por tanto, alberga un ideal de igualdad y de fraternidad, los principios a los que ningún ser humano puede renunciar.

El individuo que logra hacer un cálculo correcto de los placeres y dolores y, por tanto, disfruta de la vida de manera inteligente, alcanza la autosuficiencia a través del uso de la razón, soporta los dolores cuando éstos son inevitables y se burla del destino distinguiendo lo que es por necesidad, lo que es por azar y lo que depende de sus decisiones. No necesita para ser feliz más que aquello que la naturaleza puede procurarle y, aunque pueda coronar su felicidad gracias a los frutos de la fortuna, sabe que éstos son indeterminados e inconstantes y, por ello, no los busca ni los espera. El individuo que así vive, encuentra, además, placer en el cultivo de la “vida interior”, pues a través del intelecto halla una manera de expandir su libertad:

“(…) el pensamiento, que se ha dado cuenta del fin y límite de la carne, y que ha diluido los temores de la eternidad, nos prepara una vida perfecta, y para nada precisamos ya de un tiempo infinito” (Máximas Capitales, 20)

Epicuro nos dice también que el temor a la muerte es irracional, porque cuando ella está, no estamos nosotros, y cuando estamos nosotros, no está ella. El temor a la muerte es, en realidad, el temor a hacerse con las riendas de la propia vida, el temor a ser libres, lo cual crea un vacío existencial que, quizás, es la explicación de que hoy en día sean tantas las personas que persiguen ilusoriamente su felicidad en la posesión de muchas cosas materiales, como una manera de tratar de llenar ese vacío que interiormente les provoca ansiedad y desasosiego.

La conclusión de las enseñanzas epicúreas es que hay que combatir el dolor y la muerte con inteligencia y serenidad frente a quienes, sirviéndose de esos males, quieren quitarnos la alegría de vivir. Como, por ejemplo, todos aquellos tiranos, sectarios, líderes religiosos, que atesoran para ellos mismos todos los placeres que son capaces de conseguir, gracias a la seguridad material que sus posiciones de poder les proporcionan, mientras condenan hipócritamente el placer y predican la resignación y la melancolía para todos los demás. Pero, al mismo tiempo, Epicuro nos enseña que no debemos caer en las trampas que nos tiende esta sociedad que nos lleva a confundir la felicidad con el consumismo compulsivo como si la posesión de todo tipo de objetos pudiera constituir, por sí misma, algún tipo de gozo comparable al de ser dueños de nosotros mismos y de nuestras emociones, lo que en realidad es la fuente de la mayor alegría.

La filosofía epicúrea, por último, nos invita a alimentar la amistad, porque cuando compartimos con los demás la felicidad de la que disfrutamos, ésta se multiplica. La amistad es un deseo natural porque el ser humano es un animal que busca a sus semejantes para construir con ellos una comunidad de vida, una comunidad de sentido que hace que la existencia sea plenamente satisfactoria. A través del diálogo con los amigos uno puede mejorar en el arte de la vida y perfeccionar su sabiduría. En medio de la inestabilidad y de las dificultades de la vida, la amistad puede servir para expresar una sensibilidad solidaria y colectiva, que es la base de la sociedad humana. Organizar la convivencia humana a través de la competitividad es un error.

La amistad danza en torno a la tierra y, como un heraldo, nos convoca a todos nosotros a que nos despertemos para colaborar en la mutua felicidad” (Exhortaciones, 52)

Con estas premisas fue concebido el famoso Jardín donde Epicuro recibía a sus amigos y dialogaba con ellos a las afueras de la ciudad de Atenas; la primera “escuela”, por cierto, que admitió en su seno a todas las personas, incluidas las no instruidas, las mujeres y los esclavos.

Puede ser extraño para las mentes de los individuos occidentales del siglo XXI escuchar o leer cosas como que la felicidad consiste en poco más que saciar las necesidades básicas y que la riqueza por encima del límite de lo natural y necesario no aporta ningún bien, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad que nos espolea constantemente a estar pendientes de todo tipo de “novedades” y que nos impele a comprar, devorar, gastar, tener más y más y más… sin ningún tipo de sentido ni preguntarnos para qué queremos lo que queremos, si en realidad es eso lo que nos va a hacer mejores personas o más sabios.

Hace falta, en un tiempo como el nuestro, gran prudencia y gran determinación para poder poner en práctica las máximas epicureas: tenemos escaso tiempo para pensar, pocos espacios para la libertad de sustraernos a las exigencias inclementes del entorno y pocas oportunidades para compartir de verdad con nuestros amigos. Demasiados ruidos mediáticos, demasiada inmundicia ideológica llenan nuestras cabezas de sonidos, imágenes, fantasías, que nos apartan de lo que realmente nos conviene. Y, por ello, lo que según Epicuro es fácil de conseguir (la felicidad que consiste en el disfrute de los placeres sencillos y comunes), resulta particularmente difícil porque difícil es desprenderse de las necedades y de las opiniones infundadas en las que somos educados desde pequeños y que por doquier nos invaden en la vida adulta. Al fin y al cabo, los seres humanos somos seres sociales también por naturaleza y precisamente es esta característica la que a veces puede constituir causa de insatisfacción para muchos individuos, cuando la sociabilidad se concreta o institucionaliza de tal manera que ahoga la libertad de la persona.

Acaso por esto mismo emerge con mayor vigor si cabe la metáfora del “jardín” como un lugar donde es posible encontrar la felicidad alejados de las perturbaciones del mundo. Y ahí queda para siempre el núcleo de verdad del epicureísmo como una filosofía a la que siempre conviene regresar, por muy adversas que sean las circunstancias -o incluso con mayor ahínco cuando las circunstancias son así.

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